Mostrando entradas con la etiqueta Grazalema. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Grazalema. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de octubre de 2011

Vuelos chungos, torros guapos y apurar Grazalema



El miércoles pasado era fiesta, y ¿qué mejor manera de aprovechar una fiesta que trepando? Así que con la fuerza que nos dio la mariscada del martes por la noche en casa de Pablo, tiramos para Grazalema Pablo, Domingo, Guille el Cabesa y yo, con la perspectiva de encontrarnos por allí con Sergio El Hombre Sabio, Blanca y a saber qué personajes más.

Domingo calienta en Fino Feria. Snif, snif.


Fino Feria me odia y no hay más que hablar. Encadené, eso sí la versión fácil de 60 cañones, 6a+, a costa de gritar “pilla” y decir dos segundos después “¡nononononono!” y agarrarme a la roca como un bicho malo para probar mis límites. Debería ser un poco más guerrera de la roca y proponerme no gritar “pilla” nunca jamás: caerme escalando. Es lo que me dice Pablo siempre, que es mi coach personal de psicología de la escalada, pero cuando estás ahí arriba te puede la comodidad de sentarte un ratito en el arnés.

Pablo, por cierto, fue el héroe de mi día. Cuando le daba el segundo pegue a 60 cañones con intención de “esto lo encadeno yo, que si no Grazalema va a ser como el día de la marmota”, el Hombre Sabio y Domingo se marchaban hacia el corral. Hubo un momento de confusión-distracción y yo empecé a subir pensando en vete a saber qué y sin sentirme muy a gusto en los primeros pasos. Chapé la primera, seguí, llegué a la segunda y pedí cuerda. Y entonces, con la cuerda en la mano y la gente charlando tranquilamente a pie de vía, no sé qué coño me pasó que me resbalé y me caí. El peor vuelo ever: chapando la segunda y con la cinta en la mano. Me puse a gritar como una descosida y me vi picando suelo y sin tobillos. Menos mal que Pablo tuvo reflejos, recogió cuerda, saltó para atrás y me dejó colgando a dos palmos del suelo. Me quedé una hora temblando y comiendo tortitas de arroz mientras reunía valor para subir de nuevo.

La experiencia, así a posteriori, la valoro como buena. Caerme chapando me daba un montón de miedo, y caerme chapando la segunda pues ya ni te cuento. Así que comprobar que con un buen asegurador ni siquiera así picas suelo te tranquiliza. Cuando conseguí dejar de temblar, di el pegue y encadené, hu ha. Luego intenté Fino Feria y ni siquiera llegué arriba. Es una vía que físicamente me resulta muy exigente, muy apretada, aunque las cuatro primeras cintas las chapé con mucha más fluidez que en intentos anteriores. Nada, gente, a ponerse fuerte y a volver en primavera, que al paso que voy la encadeno con un solo brazo.


Chapando la cinta problema en el pegue del encadene. More fear than embarrasment, people


Luego Pablo encadenó un 6b+ en dos pegues fluidos. ¡Escalas casi tan bien como aseguras, Pablo!


Blanca dio un par de torros, Guille hizo valerosos intentos de encadene a pesar del dolor por sus gatos nuevos y nos fuimos los tres camino al Corral, donde el Hombre Sabio nos había preparado al torro Vía Láctea. Nos acercamos por la carretera a las enormes paredes de caliza roja y vimos la cuerda nueva de Guille brillando amarilla entre las rocas. Qué emoción me entró al ver ese 6c de 35 metros coronando la sierra, listo para ser probado. El resultado no fue malo para ser un 6c (soft, dicen), aunque me quedan eones para encadenar eso. Pero tiene pasos chulos de estos que te motivan a apretar en el roco.

Comenzando Vía Láctea con alegría


El momentazo de la tarde lo protagonizó Blanca, que tiene sangre de bicho trepador y hasta un lagarto tatuado ya en el pie. Estaba a punto de probar Vía Láctea y comentaba que no quiere que se le pongan las espaldas anchas por escalar, que le parece poco femenino. “Pues a hacer placa”, decía El Hombre Sabio, que no le llaman así de forma gratuita. Luego Blanca empezó a subir, llegó a la reunión con esfuerzo pero con elegancia y bajó emocionada y diciendo “Si se me tiene que poner la espalda ancha, pues que se me ponga, ¡¡yo quiero escalar!!”.


La verdad es que es curioso como cuando te agarra esto fuerte te deja de importar todo. ¿Que se te deforman los pies? No te importa. ¿Que tienes agujetas crónicas? Lo mismo da. El otro día mi compañero de trabajo me cogió de la mano y me dijo: “Te tienes que echar crema, que tienes las manos muy ásperas”. “¡Qué dices! - contesté yo -, ¡Si eso es lo que quiero, hacer callo!”. Nunca en mi vida pensé que buscaría en google “endurecer piel manos”, y que por supuesto me saldrían foros frikis de escalada donde aconsejan mearse encima, cosa que a mi favor diré que no he hecho aún.

La tarde se volvió noche y acabamos en Grazalema comiendo venado en salsa, pimientos fritos y croquetas, que saben a gloria después de una tarde de apretar y de escapar a los esguinces gracias a los buenos amigos. Después Domingo, Blanca y yo compartimos un viaje en coche metafísico del que me quedo con la teoría de Domingo: la escalada tiene todo lo que tiene la vida en pequeñas dosis: amigos, alegría, miedo, decepciones, éxitos, fracasos, placer, dolor... ¿para qué quieres más? Es broma, bichos del mundo: ¡hay vida más allá de la escalada, así que no lo olvidéis y no abandonéis como he hecho yo a familiares, amigos, vecinos, trabajo y todo lo que no sea trepar, que después moriréis solos y rodeados por los perros!


Termino con una preciosa foto que me sacó Guille justo antes de chapar de nuevo la cinta del mal. Aún con el cuerpo cortado del vuelo, pero con el amor por la escalada intacto y las uñas pintadas de color coral.


lunes, 3 de octubre de 2011

Contrastes

Otro finde de trepar en el que mis codos dan fe de que a veces sí hay un mañana, y ese mañana es lunes...

El plan original era ir a Bolonia, escalar el sábado y probar el boulder el domingo. Yo nunca he hecho boulder e intuyo que se me va a dar fatal, porque soy pequeña y débil, pero por probar que no quede. Ya me iré poniendo fuerte, que todo es entrenar; lo de crecer ya va a tener peor apaño.

¿El problema? Que el sábado, cuando salí de mi casa a las diez en dirección a la furgo de Irene, con las dos mochilas, la guitarra y la tienda, el levante no me dejaba ni cruzar la calle. Así que reunión de emergencia con Irene, Pablo y los tres perros (paridad persona-perro, así es la furgo de Irene), un par de llamadas y de nuevo todos para Grazalema. Allí estaban Capote y Ana dando el curso de escalada y planeaban ir también un grupo de Cádiz y otro de Sevilla.

Llegamos a Graza a una hora muy razonable y nos fuimos para las placas del Cortijo, la zona más facilita. Piedra caliza gris de aristas afiladas (lo dice la guía, ¿eh? Que yo no entiendo tanto), vías larguitas y agradecidas y ambiente animado. Esa tarde escalé que daba gloria verme, pero claro, no era yo: eran los maravillosos cantos de supuestos 6as que en realidad todo el mundo calificó de V+. El tema de las vías, en mi opinión, eran más los alejes de las chapas y la mala pinta que tenía volar en paredes con esos huecos y esa roca tan afilada. Todo muy psicológico, como siempre :D


Foto de este verano en las vías del Cortijo


Subí cinco veces y encadené cuatro vías, ¡viva yo! A una de ellas le tuve que dar dos pegues, porque de manera poco inteligente me llevé una cinta de menos y tuve que bajar a por una para poder llegar a la reunión. Mal, Marina, mal. En realidad creo que el tema, además de que la vía era larga y no veía bien las chapas desde abajo, es que como le iba a poner las cintas yo en realidad iba con mentalidad de "llegaré hasta donde pueda, que esto igual me sobrepasa", y no tenía especial confianza en acabarla. Fue un momento muy Guerreros de la Roca, en plan te concentras en el proceso y cuando te quieres dar cuenta estás al lado de la reunión (y te falta una cinta).

El día fue muy motivante, en general, con mucha sensación de logro. Las vías no me resultaron complicadas, excepto algún que otro pasito psicológico de estos de "la siguiente chapa está en Pekín y les tengo cierto aprecio a mis tobillos", pero poco más. Un poco de frío a pie de vía que se agradecía un montón en cuanto empezabas a trepar. Luego los de Sevilla y los de Cádiz hicimos comuna para cenar de furgoneteo y montar una pequeña fiestecilla con guitarra y paridad persona-botella de vino, que a pesar de lo limitado de mi repertorio guitarrero estuvo la mar de bien.

Al día siguiente nos levantamos prontito, recogimos a una velocidad sólo explicable por el poder atrayente del pan de pueblo del bar de los desayunos y nos fuimos para allá a atracarnos de molletes y café. Pero qué bien se desayuna en Andalucía. Los sevillanos decidieron quedarse en Graza y darle un pegue a la Virgen. Yo me habría apuntado con gusto a medirme otra vez con Fino Feria (que eso sí que es un 6a), pero la comitiva gaditana decidió por mayoría que nos íbamos a Benaocaz a escalar al sol, que el día anterior había hecho mucho frío.

Consejo: en Andalucía hay que pensárselo MUY BIEN antes de escalar al sol. El domingo hacía menos viento y penamos de forma muy gratuita. Total, que después de un sábado de mucho encadene y masajitos en el ego, el domingo no hice más que apretar de forma cuasi inútil en dos 6a de placa muy chulos pero muy exigentes para el clima y mi estado físico. Pies en adherencia (uf), agarres a tomar por culo a los que había que lanzarse como si no hubiera un mañana, un calor del Averno y yo echando de menos los quintos agradecidos. Di un par de torros esforzados y deprimentes y me dediqué a dar vueltas con la reflex y a comer chocolate.


Boludo: cuando puedes mirar a través de tu gato, algo va mal


"Sí sí, sube tú que ahora le doy yo un pegue"


Con esto queda comprobado, queridos amigos, que la escalada es como la vida: cambio. Que no te puedes creer que eres la ostia un día, porque al siguiente te tocará penar y querer ser más alta y tener más bíceps. Es curioso lo diferente de las sensaciones: cómo el sábado el frío, los cantitos y el subidón de motivación me hacían sentirme como Lynn Hill y el domingo el calor y las adherencias me daban más parecido con un chorizo colgante. Aun así, me divertí muy mucho y descubrí otra escuela que promete grandes momentos invernales con desafíos soleados en forma de placa vacilona.


Pablo sí que se ganó el chocolate el domingo


Muy destruidos por el sol emprendimos la vuelta a Cádiz. Parada en el lago de Arcos (que sí que tenemos lagos en Andalucía, ¿quién dijo lo contrario?) a tomar una merienda rara con café, jamón serrano y salpicón de marisco, y luego a casita a lavar ropa y untarse flogoprofén, que últimamente mi vida es un bucle de detergente y antiinflamatorios tópicos.

La semana que viene el Grupo Furgonetero Gaditano (y Sevillano también, todo hay que decirlo) ha organizado una quedada en El Chorro, así que es probable que tiremos para allá. ¡Qué ganas de conocer aquello! ¡Y qué ganas de trepar otra vez!

domingo, 25 de septiembre de 2011

Reflexiones dominicales absurdas empañadas por el cansancio, hu ha

Bichos del mundo:

Estoy cansada y quiero dormir, pero también quiero escribir sobre escalar y en realidad no se puede tener todo en esta vida, así que vamos a escribir una reflexión breve y mañana seguiremos. Aclaremos que el concepto breve, en realidad, parece difícil de comprender para mi mente verborreica, así que el post igual queda largo a pesar de todo.

Finde en Graza, aprovechando el final de temporada en esta escuela tan guay que ha visto nacer mi amor por este deporte fabuloso. Lo hemos pasado muy, muy bien. Hemos escalado las dos tardes y probado la cuerda de equilibrio el domingo por la mañana, mientras esperábamos a que la pared se pusiera en sombra. Muy divertida la cuerda, por cierto: de aquí al highlining en Yosemite hay un paso ya.

Debería estar en la cama, porque en realidad no tengo claro qué quiero decir, pero es que hay una sensación en mi mente que busca expresarse y quiero escribirla antes de que se me vaya de la memoria emocional o como se diga. La sensación empezó el sábado por la mañana, mientras preparaba la mochila para irme a Grazalema y escuchaba un mix de canciones motivantes matutinas. Entonces, de repente, tuve una revelación: escalo por mí misma. No escalo por nadie, nadie me lo ha pedido ni me ha convencido ni el hecho de que yo escale beneficia a nadie, y eso es como muy bonito. Lo hago porque me gusta y es absurdo e inútil, y no tiene ningún objetivo concreto.

He ido de primera prácticamente todas las veces, excepto un torro que le di a Fino Feria, esa hermosa vía del maligno, para ver si físicamente era capaz de hacerla sin pararme, ya que mentalmente no (la respuesta es que no, que no soy capaz. Todavía). He pasado un poco de miedito en los quintos del Cortijo, que tienen unos boquetes que amenazan a tus tobillos con seriedad. Pero cuando sentía que me vencía el miedo y que me daba un vuelco el estómago al coger la cuerda para chapar, pensaba: acuérdate de que estás haciendo esto por ti y porque te gusta. Lo haces sin razón, lo haces porque lo amas y ya está, así que sigue escalando porque no tiene ningún tipo de sentido que te pares cuando estás haciendo algo que amas.

Y no sé por qué, encontraba momentos de extraña pureza y me sentía muy feliz.

No tengo claro si he conseguido expresar muy bien lo que estaba en mi cabeza, pero si eso mañana le doy otro pegue al blog y sigo contando cositas. De momento me voy a ir a descansar mis musculillos y mañana será otro día.

PD: He encadenado cosas y no eran perros. ¡Viva y bravo!
PD2: Me acabo de acordar de un vídeo que vi de un tal Berhault, que escala muy bien pero lleva unos gayumbos del Averno, y que no enlazo porque me aberra enlazar y total, este blog no lo lee nadie. La cuestión es que al final se lee un texto del tipo, que traduzco libremente porque de francés no sé un carajal:

"Escalo para sentirme en armonía conmigo mismo, porque vivo en el instante, porque es una forma de expresión ética y estética por la que puedo realizarme, porque busco la libertad total del cuerpo y del espíritu.
Y porque me gusta".

Pues eso. Que hay muchas razones, pero al final ésa es la única que importa.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La zona de riesgo

Pues aquí estoy, escribiendo, lo que quiere decir que no estoy escalando. Sob, sob. Ayer tuve guardia y no ha habido forma de subir a Grazalema el domingo. ¿La parte buena? Que seguramente vaya mañana, así que tampoco tendré que aguantar el mono mucho más rato. Además, seamos sinceros: estoy un poco agotada de ver pacientes con ganas de matarse, así que un domingo tranquilito en casa tampoco me viene mal.

Nota: acabo de quedar para ir al roco esta tarde. Esto es vicio.

Esta semana me he dedicado, escaladoramente hablando, a leer Guerreros de la Roca y a darle un peguecillo a Grazalema la tarde del martes. Así que por partes.

Por las mañanas tengo poco curro últimamente, así que decía que me iba a estudiar y me ponía a leer Guerreros de la Roca. Ya tenía preparada excusa por si alguien me preguntaba: "Es psicología del deporte". Aunque en realidad a la gente de mi curro no le importo mucho, así que nadie me ha preguntado. La cosa es que era para verme, yo sola en la sala de juntas, entre los libros sobre droga y las tazas para el café, leyendo sobre escalada y pensando "por el amor de Dios, quiero trepar por ALGO, lo que sea", y observando el tablón de anuncios como potencial simulacro de placa.

Hay mucho que sacar de ese libro. No sólo para escalar mejor, sino para disfrutar más escalando y crecer como persona. Siempre he pensado que cuando uno hace algo con la suficiente intensidad y compromiso, ese algo se filtra hacia todas las áreas de su vida y las enriquece, y creo que eso me está pasando con la escalada. Me enseña mucho sobre mí y me ayuda a vivir mejor el resto del tiempo.

El concepto de zona de riesgo tiene que ver con ser capaz de aceptar la incomodidad y movernos desde ella con soltura y con convencimiento. Antes de leer ese capítulo, yo ya tenía más o menos claro que no siempre va a estar uno estupendamente bien, y que sentir cierta incomodidad y sensaciones desagradables es normal. Lo que no había pensado nunca es que podía ser bueno y que, de hecho, es el único espacio para el aprendizaje.

En la escalada, por ejemplo, hay muchas (¡muchas!) experiencias que quedan fuera de mi zona de confort. Controlo tan poco que todo lo que no sea escalar quintos al torro me supone un desafío en uno u otro momento. Y lo curioso del asunto es que escalar quintos al torro es entretenido, pero no es ni la mitad de divertido y enriquecedor que intentar un 6a de primera, aunque en el 6a haya momentos en los que digas: a ver, objetivamente, lo estoy pasando de puta pena.

Plantearse la vida como una oportunidad de aprendizaje te cambia la perspectiva, porque puedes aprender de todas las situaciones. Todos los momentos se vuelven valiosos y todas la experiencias cuentan. Aprendo de los pacientes y también aprendo de aburrirme cuando no puedo entrar en consulta con nadie. Aprendo de ir a escalar y también de no poder ir a escalar y quedarme aquí en casa limpiando (que falta le hace), escribiendo y descansando.

En mi caso, la zona de riesgo tiene mucho de miedo. Otra de las cosas más importantes que me está dando la escalada es una nueva manera de relacionarme con el miedo. Me siento más valiente desde que escalo, porque sentir miedo se ha convertido en una señal positiva: una señal que indica que el desafío está cerca y que voy a poner en juego las cosas que me importan. Hace ya un tiempo que pienso que las decisiones basadas en el miedo no son buenas, incluso aunque al final el resultado lo sea. Es una emoción tan limitadora y mentirosa. Sí, en pequeñas cantidades es útil, informativo, pero en general te invade a toda prisa antes de que te des cuenta y tiene una facilidad enorme para paralizarte.

La otra tarde, en Grazalema, fui capaz de salir un par de veces de esa zona de confort de forma deliberada. En realidad estaba pasando más miedo que vergüenza casi todo el rato. Pero la diferencia es que la mayoría del tiempo era un miedo tolerable, y lo que contemplaba como futuro más próximo era dar el siguiente paso. No pensaba en bajar, así que supongo que entraba dentro de mi zona de confort, o quizá de riesgo asumible sin demasiado esfuerzo.

La última vez que había intentado Fino Feria (que vaya nombre poco serio para una vía, por cierto, que luego tenemos los andaluces la fama que tenemos) conseguí llegar hasta la cuarta chapa. Me quedaban dos más y la reunión. El martes chapé la cuarta e iba ya lista de papeles. Me había colgado como dos veces y no quería más que llorar. En realidad no estaba mal, porque conseguí no volar de la tercera como me llevaba pasando las veces anteriores, así que hubiera estado bien bajarme ahí. Ésa era mi zona de confort: el miedo al chapar la cuarta con el pie izquierdo en adherencia, en realidad, había sido medio tolerable. Lo no tolerable y lo que mi mente no concebía era seguir subiendo hasta la reunión con lo cansada que estaba.



Chapando la cuarta cinta con más miedo que vergüenza. Parece que hay apoyo para el izquierdo, pero es un efecto óptico, verídico.


En realidad tiré para arriba porque sabía que era tarde y que no iba a poder probar la vía más veces ese día. Fue una motivación así de absurda. Pensé, tipo Forrest Gump, "ya que he llegado hasta aquí, voy a aprovecharlo". Y casi sentí el clic de mi cerebro cuando me instalé en la incomodidad de seguir hasta el final. Las últimas chapas, de hecho, son las más fáciles: hay miles de cantos, tantos que te vuelves codicioso buscando puentes de roca donde acoplarte. Pero estaba hecha polvo y fue un esfuerzo. Y llegué. Viva yo.



Ahí está Shindo en la última parte de la vía, el día que yo no conseguí llegar arriba.


El momento poco guerrero lo tuve cuando me quedé tres horas parada antes de chapar la penúltima cinta y me tuve que echar a volar porque iba convencida de que no me aguantaba. En realidad, en esas tres horas que me pasé parada, soltando un brazo, y luego otro, y resoplando y lloriqueando sobre lo mucho que odiaba escalar, habría podido chapar tres veces. Pero bueno.

Dice Arno Ilgner que la fuerza que nos mueve hacia la zona de confort es el miedo. Los miedos fantasmas, no reales, a que pasen cosas que no controlamos. La fuerza que debe empujarnos en dirección contraria es el amor: por la escalada, por aprender y por la vida. Se pasa miedo en el trabajo. Se pasa miedo en las relaciones. Y aun así podemos encontrar la fuerza para afrontarlo si nos lleva el amor; no un amor suicida y absurdo basado en la posesión o en el apego, sino un amor generoso por el conocimiento y el disfrute.

Qué bueno es escalar. ¿Lo he dicho ya?

martes, 6 de septiembre de 2011

Tarde en Graza

Antes de empezar con la entrada de hoy, tengo que avisar de varias cosas. La primera es que igual tardo un poco en encontrarle un tono al rollo éste de escribir sobre escalada. No quiero que el blog se convierta en una enumeración de "estuve en tal y encadené cual", entre otras cosas porque de momento yo no encadeno ni al perro. Me gustaría que tuviera algo más de chicha. Pero ya os digo, aún no sé cómo lo haré. La segunda es que quiero hablar de todas las salidas de escalada que he hecho este verano así retroactivamente, pero hasta ahora me daba pereza e iba aplazando comenzar con este blog, así que voy a empezar a partir del presente y después ya iré rememorando momentos a medida que se me vaya apeteciendo.

Una vez dicho esto, os cuento que hoy he estado escalando en Grazalema, en el sector de la Virgen, intentando de primera un 6a y un 6a+; del 6a me he colgado un par de veces, pero he llegado arriba y no me he caído, y del 6a+ he volado como superman y me he quedado a dos chapas de la reunión.

¿Reflexiones? Ni tan mal. Me he visto mejor que la última vez que estuve probando esas vías. Voy menos tensa, intento agarrar las presas con la fuerza justa y darle un poco de continuidad al asunto. Todavía me falta no pararme tanto ni echar el hígado cada vez que voy a chapar. Aún voy bastante acojonada de primera y, aun así, me sabe a poco ir al torro. Paradojas de escalar. De verdad que cuando estás arriba sufriendo como perra y pensando en el vuelo que te vas a pegar en los siguientes veinte segundos, te preguntas con seriedad qué es lo que te gusta de este asunto. Y te contestas que es el chute de adrenalina en tu vía mesolímbica y sigues adelante, ¿qué otra cosa puedes hacer?

Ha sido bonito reencontrarme con Capote después de las vacaciones. Hemos hablado de psicología y convertido unas doscientas cincuenta frases en alusiones sexuales. También ha venido Ara, una amiga de Capote que casi me acompleja al hacerse del tirón el 6a (al torro, ¿eh?) y colgarse una sola vez del 6a+. Menos mal que yo le doy mucho valor al factor psicológico de ir de primera, y menos mal también que mi autoestima es del tamaño del océano.

Cuando me estaba colocando el grigri para asegurar a Ara, comprobando el mosquetón y tirando de la cuerda para ver si se bloqueaba, Capote me ha mirado así de reojillo mientras se hacía un cigarro. "Cómo me gusta verte asegurar y escalar, quilla", me ha dicho. Lo dice no porque asegure y/o escale especialmente bien, sino porque aprendí con él y sé que se siente orgulloso. Después le he pillado a él en su proyecto y ha sido emocionante. Eso de que alguien ponga su confianza en mis manos para que le pille todavía me pone nerviosa. Temo equivocarme y hacerle daño; como en la vida, supongo. Pero bueno, la cosa ha ido bien esta vez, y el tío sólo se ha caído una vez de su 8a.

Después cerveza y tapitas en Benamahoma y para Cádiz. A la vuelta íbamos escuchando en el coche un recopilatorio de Ara que parecía haber sido seleccionado para favorecer el suicidio colectivo. Nada más que canciones de amor despechado y pena intensa. Ha sonado "The blower's daughter", la cancion de "Closer", que aunque como bien ha dicho Capote no destaca porque el autor se quebrara con la letra, es extrañamente sobrecogedora. Yo iba en el asiento trasero, mirando por la ventana la luna, las estrellas y los campos de girasoles secos. Los tres conocíamos la canción y la cantábamos como podíamos, supongo que cada uno metido en su propia historia. Entonces he pensado "qué bonito escalar, que me regala experiencias como ésta". Como tomar algo en un bar de la sierra por la noche, con la sudadera puesta porque empieza a hacer frío, mirando la luna y la silueta de los árboles contra el cielo estrellado. O como ir en coche con personas que antes eran desconocidos y poco a poco se están convirtiendo en gente importante en tu vida, escuchando canciones pastelosas y comentando a voces que el amor es un timo.

¡Pero qué suerte que tengo!

No sé cuándo volveré a salir a la montaña, porque este finde tengo bodorrio en Madrid y el que viene guardia. De momento, mañana fiesta en el roco para despedir a un colega que se va a dar la vuelta al mundo en bici.

Dejo aquí este primer post, pelín confuso pero espero que ligeramente interesante, aunque sólo sea para mi de momento único seguidor (¡buenos días, Alex!).